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Los que amamos nuestras respectivas disciplinas marciales, a menudo pensamos que lo que hacemos es muy importante. Seguramente tenemos la percepción de que por ejemplo, el aikido, es una disciplina fantástica que nos ha cambiado la vida, que nos ha mejorado como personas y que nos encantaría que fuera practicada por mucha más gente. Sin embargo la fría realidad es que se trata de disciplinas tan minoritarias que para la mayoría de gente ni existen, o simplemente son una parodia de lo que ya están hartos de ver en el cine y la tv.

Como podréis comprobar poco a poco y a medida que vaya dotando de más contenidos este blog, yo también soy crítico con algunas de las cosas que hacemos, con actitudes y clichés que nos perjudican como colectivo. La diferencia respecto a otras críticas es que yo amo las artes marciales, no solo el aikido que es la mía, las amo y respeto a todas ellas. Como las amo, me duele cuando se habla de ellas con desprecio, con sorna, cuando se banalizan y se hace difusión sólo de los tópicos de siempre, obviando aquello que a mi me parece más importante.

Por definición un arte (o destreza) marcial es un sistema de formación, una educación. Sí, educación física, adquisición y desarrollo de habilidades, pero también de valores, de una ética. Seguramente es cierto que todo sistema de educación resulta mucho más efectivo si se aplica en edades tempranas. Sería fantástico que empezáramos con esto a los 6 años, pero si no es así, nunca es tarde para aprender. De hecho según que cosas se pueden entender y asimilar mejor cuando ya estamos formados como personas y hemos pasado esa tormenta de hormonas que es la adolescencia.

Para concretar, hoy quiero hablar del aikido aplicado en la calle, pero no, esta vez no me refiero a defendernos de ataques físicos violentos, estoy hablando de otras posibles aplicaciones de aquello que aprendemos en las salas de entrenamiento y que van más allá de retorcer muñecas o de lanzar a gente a través de ventanas.

Os pondré como ejemplo el caso de la gente que coloca sus pies en el asiento del tren. Creo que todos podemos entender que eso no está bien, sin embargo ¿cuantos de nosotros lo hacemos?

Sinceramente, viajo cada día en transporte público y puedo dar fe de que son muchas las personas que día a día colocan los zapatos sobre el asiento del tren, por no hablar de otras muchas conductas llamadas incívicas y otras tantas que quizá quedan como sólo molestas. Ya sabéis, me refiero a esa persona que no para de dar golpecitos con el anillo en la barra metálica, o el que tamborilea en el asiento, o ¿qué decir de los móviles?, la música demasiado alta, conversaciones insufribles a todo volumen, constatar que el 99% de las veces los asientos reservados están ocupados por personas que no deberían estar ahí, gente que se sienta ocupando más de una plaza, con las piernas abiertas, o esas miradas fijas e impertinentes repasando de arriba a abajo a todo el que entra, mal olor corporal, el típico que sube al vagón y se queda parado en mitad de la puerta sin dejar entrar a los que van detrás, o al revés, los despistados que bajan del vagón a paso de bebé y se quedan en medio decidiendo si van a la derecha o a la izquierda. En fin, creo que todos sabemos de lo que hablo.

Ahora vamos a una clase de artes marciales. En ella lo primero que te enseñan es a vestirte con ropa limpia, asegurarte de que no hueles mal (ni bien… lo digo por los perfumes, colonias y esos desodorantes para seductores…), entrar puntual a la clase, y si llegas tarde, no entrar hasta que te den permiso.

El maestro Tamura mostrando un seiza perfecto

Ejemplo de actitud inadecuada en un dojo

Te enseñan a sentarte correctamente (esa incómoda forma japonesa que te obliga a mantener la espalda recta y a parecer una persona y no un macaco..), a prestar atención cuando te explican algo y a estar igualmente atento cuando practicas con alguien. Te enseñan a ser cuidadoso con el material de trabajo, respetuoso con los compañeros, humilde con el profesor. Ah sí, y también puede que te enseñen esas técnicas mortales secretas que no podrás utilizar nunca en tu vida, no obstante los valores y la disciplina personal sí te los podrás llevar puestos a casa.

Hace tiempo comenté con algunos de mis alumnos la anécdota de que en uno de los gimnasios donde estoy, la puerta del vestuario cierra de golpe, no hay amortiguador. Un día que llegué antes de tiempo y me senté a esperar en el vestíbulo, pude comprobar como uno a uno, todos los chicos que iban entrando en el vestuario se olvidaban de acompañar la puerta, la cual daba un golpe que hacía temblar la pared cada vez, fueron como 5 de ellos, pero podían haber sido 10 o 50. Que eso suceda en una oficina de correos (esta misma mañana lo visto, más de 20 personas entrando y saliendo y, a parte de mi, sólo un hombre ha pensado en acompañar la puerta, y eso que el golpe resultaba claramente molesto para los que esperaban cerca), vale es lo normal, pero que suceda lo mismo en un gimnasio dedicado casi exclusivamente a las artes marciales, quiere decir que algo está fallando. Quizá se están formando grandes luchadores, pero seguimos sin ser conscientes de lo molesto de nuestros actos. Y sí, entre los que dejaron caer la puerta del vestuario también se contaba un alumno mío de aikido, así que tomé nota de que algo debo estar haciendo mal en mis clases. Por cierto que en ese gimnasio suelen poner una alfombra bloqueando la puerta para evitar los portazos y una cuerda elástica atada a un interruptor para que la puerta de la calle no de golpes al dejarla caer, cosa que sucede cada minuto, de cada hora, de cada día, desde hace años.

Me consta que en muchas prácticas deportivas se tratan de fomentar valores positivos, pero dudo que se tenga el mismo cuidado con los objetos, personas y con la manera de conducirnos en sociedad que en las artes marciales orientales. Especialmente en éstas últimas debido a su cultura, influencia del confucianismo presente en todas ellas y que las diferencia de las occidentales o de los modernos deportes de combate, que aunque se nutren técnicamente de las artes marciales, dejaron atrás toda influencia cultural. Lo mismo sucede con los modernos sistemas de defensa personal. Son especialidades (combate de contacto / situaciones reales de autodefensa callejera, policial, táctica…), sin más pretensiones (ni menos) que las de dotar de las herramientas y adiestramiento necesarios para obtener resultados a corto plazo.

Por eso, aunque las artes marciales se hayan quedado atrás en algunos aspectos respecto a esas nuevas disciplinas tan especializadas, no olvidemos que siguen siendo excelentes sistemas de educación en todos los sentidos, más a medio y largo plazo quizá, pero al menos en el proceso nuestros vecinos agradecerán que cerremos las puertas y no pongamos nuestros sucios zapatos en los asientos que usamos todos.