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El hakama era originalmente una prenda utilizada para montar a caballo en Japón, nosotros aquí le llamamos zahones.

Las disciplinas clásicas lo utilizan como recordatorio de sus orígenes samurai. Observad que digo disciplinas en general y no sólo artes marciales en particular, se trata pues de un elemento cultural completamente transversal. Normalmente en las escuelas antiguas (koryu) se utiliza con normalidad desde el primer día de práctica.

Especialmente se usaba en las escuelas de armas ya que se trata de una prenda algo molesta para practicar el cuerpo a cuerpo, molesta y delicada ya que se rompe con facilidad al ser sujetada. Será por eso en judo no se utiliza, aunque existen filmaciones de su fundador Kano sensei haciendo judo con ella diríamos que no es lo habitual.

Su uso no estaba pues asociado a ningún grado de destreza técnica ni nada parecido. No obstante el caso del aikido es un poco distinto. Cuando aún no era aikido, es decir antes de 1942, época en la que la enseñanza del fundador Morihei Ueshiba se conocía como aiki-budo, el uso del hakama como prenda de entrenamiento estaba muy extendido. El período desde 1942 a 1948 aproximadamente, fue un momento algo confuso y opaco en la historia del aikido. La denominación aikido fue registrada oficialmente en la Dai Nippon Butokukai a finales de 1941 y no, este no fue el nombre inicialmente propuesto por el fundador. En cualquier caso se optó por esa solución al tiempo que Ueshiba se trasladaba a unos 100 kilómetros al norte de Tokyo, a un pueblo hoy muy conocido por los aikidokas de todo el mundo: Iwama en la prefectura de Ibaraki.

Convaleciente de una grave enfermedad, casi sin alumnos (mayoritariamente movilizados por la guerra), practicando sin tatami aún, apenas con un puñado de chicos del mismo pueblo y quizá alguna visita ocasional de sus antiguos discípulos de Tokyo, Morihei Ueshiba relajó el protocolo respecto del hakama ya que los chicos del pueblo no podían disponer de uno. Se cuenta que algunos se presentaban en clase con el hakama de su padre (prenda utilizada en actos sociales de cierta relevancia), que al ser prendas de vestir (y no para entrenar), podían estar hechas de seda y se rasgaban con facilidad tan sólo con un poco de suwariwaza. Otros en cambio, usaban la tela de unas cortinas viejas para que alguien les confeccionara un hakama, teniendo en cuenta que es una prenda complicada de cortar y de coser. Parece ser que los chicos acababan recurriendo a la esposa de Ueshiba, Hatsu, para que les hiciera el hakama. Claro, a la mujer se le acumulaba el trabajo y dicen que podía tardar hasta 2 años en terminar una pieza. Durante ese tiempo el chico practicaba sin ella y así se llegó a la conclusión de que era mejor dejar un tiempo para que los estudiantes no se vieran abrumados por conseguir desde el primer día, una prenda tan cara y complicada de hacer.

Algo parecido estaba sucediendo en Tokyo, de modo que Kisshomaru sensei, el hijo y heredero del fundador que fue quien quedó a cargo del viejo dojo de Tokyo, igualmente apenas sin alumnos y en unas condiciones muy precarias, también adoptó la costumbre de permitir practicar sin hakama los 2 ó 3 primeros años. Lo que inicialmente fue una solución de emergencia durante la posguerra, se acabó convirtiendo en una norma para el recién creado Aikikai. Se asoció el uso del hakama a un grado técnico: el shodan (primer dan). Ya que correspondía más o menos a esos 2, 3 años de práctica regular y que ya implica la asimilación de unas bases técnicas y una cierta pericia en su aplicación, así como un conocimiento de la etiqueta y de las formas y modos de trabajar en el dojo

La norma internacional quedó establecida así: no se puede vestir el hakama con pleno derecho hasta poseer el grado de shodan. Ahora bien, desde el primer día se hicieron excepciones. Por ejemplo con las mujeres, a las que se permitía usarlo antes por una cuestión de pudor. Después al exportar el aikido al mundo a partir de los primeros años 50, las normas se tuvieron que flexibilizar en este y en muchos otros sentidos. En Europa lo habitual es que en tu propio dojo te permitan usar el hakama antes del shodan por recomendación directa de tu profesor. Formalmente no deberías llevarlo, eso significa que por sentido común, deberías quitártelo cuando visitas otros dojos o participas en cursos o encuentros que no dirija directamente tu profesor. Esto en el caso del Aikikai, en otras organizaciones son aún más estrictos y lo pueden restringir incluso hasta el nivel de 3er dan.

Cuando yo empezaba en esto, mi primer profesor me dio permiso para llevarlo a los 6 meses de práctica. Por supuesto no tenía ni nivel, ni conocimiento, ni idea de lo que hacía ni de lo que significaba. Sólo estaba muy feliz por ser ya de los “buenos” de la clase, por pasar del estatus de novato torpe, a uke del maestro y alumno experto, y naturalmente ya no quería dejar de llevarlo y renunciar a mi recién obtenido estatus fuera a donde fuera. Como era de esperar, eso me supuso hacer el ridículo y meter la pata no pocas veces en visitas a otros profesores o en cursos intensivos en los que me tomaban por alguien que sabe y no, no sabía.

Un día un sempai me explicó la norma y entonces lo entendí. Como me apasioné pronto con el aikido, no tenía suficiente con 2 clases semanales, así que pasé a una rutina de 7 clases semanales en mi segundo año, estando matriculado en 2 gimnasios simultáneamente. Fui cambiando de profesor varias veces, con cada nuevo profesor empezaba sin hakama el primer día. Comprendí que sería una descortesía ignorar su criterio sin tener el grado mínimo y además sin tener aún su confianza. Teniendo presente que era yo quién elegía al profesor y pedía ser instruido por él, me alegro mucho de haber actuado así. Aprendí una valiosa lección, además, al poco tiempo todos los profesores me daban el permiso para llevar el preciado pantalón tradicional con lo que se establecía un vínculo positivo con ellos desde el primer momento.

Después de más de 20 años enseñando, hoy veo que eso sigue sin ser lo habitual. A casi todos les suele pasar como a mi al principio, ignoran la costumbre y piensan que una vez un profesor les da permiso, éste ya vale para todos los que vengan a continuación. Supongo que no todo el mundo encuentra a ese sempai que te avisa de estas cosas discretamente. Es razonable pensar que da menos vergüenza si es el sempai quien te enseña a atarte bien el cinturón o te avisa de que tu olor corporal es fuerte, o te explica cosas de etiqueta, o del hakama o de lo que sea. Si eres una chica, también preferirás que sea una compañera la que te avise de que es mejor ponerte una camiseta cerrada bajo la chaqueta, o te explique algunos trucos para que los chicos no te pisen descuidadamente un pecho al hacerte ese control del kotegaeshi o del sankyo. A veces si es el mismo profesor el que te avisa, la reacción puede no ser buena. Me ha pasado varias veces.

Recuerdo especialmente una de hace más de 10 años. Un estudiante empezó a compaginar mis clases con las de otro profesor. Bien!! es lo que yo hice, eso significa que tiene interés. Pasó el tiempo y un día el otro profesor le dio permiso para llevar el hakama, el chico me lo contó ilusionado y a mi se me ocurrió decirle que eso no implicaba necesariamente que el otro profesor y yo compartiéramos el mismo criterio al respecto, que yo no debería sentirme obligado a darle también el permiso porque el otro lo haya hecho antes. Traté de explicarme lo mejor que pude pero fue inútil, ese fue el último día que ese alumno asistió a una de mis clases. ¿Hubiera cambiado la historia si ese día me hubiera callado y sencillamente le hubiera felicitado por su logro como él probablemente esperaba?

Otras veces me ha pasado que al tener que avisar a un alumno de que su ropa (o él mismo) tenía un olor fuerte, ya no ha vuelto más a clase. Supongo que será por vergüenza y no tanto porque se molesten conmigo, sea como sea, el caso es que los profesores nos enfrentamos a menudo con este tipo de dilemas. Hablar o no hablar, actuar o dejar que las cosas se solucionen solas (casi nunca lo hacen), pedir a los alumnos veteranos que se ocupen ellos de los nuevos o asumir nosotros la responsabilidad que para eso se supone que cobramos. Es un hecho que existen alumnos que no toleran bien las correcciones. Te saludan con una inclinación de cabeza pero su lenguaje corporal te dice (no olvidemos que dicen que hasta el 90% de nuestra comunicación es no verbal) que no les ha gustado y que en realidad no quieren escucharte. A veces no pueden reprimirse y te ametrallan con un: “yayayayayayaya” o un “ya lo sé, ya lo sé” para que te calles y les dejes seguir.

Me consta que no soy el único instructor en el mundo que vive estas situaciones con dudas y un cierto sentimiento de frustración. Se hace duro en el día a día porque corriges para ayudar. Piensas que tienes algo valioso, como un regalo que otro no está apreciando, entendiendo claro que corriges de forma educada (que de eso también podríamos y de hecho hablaremos en otros artículos) y no poniendo en evidencia públicamente o menospreciando al estudiante. Por otra parte también es cierto que yo mismo soy igualmente un alumno y por eso entiendo que los profesores muchas veces nos equivocamos. Corregimos irreflexivamente apenas viendo sólo un movimiento cuando ese mismo alumno quizá lleva rato haciéndolo bien y tan sólo ha tenido un desliz (o está haciendo alguna prueba por su cuenta), nos mostramos poco sensibles al esfuerzo que hacen los alumnos cuando a nosotros nos parece muy fácil lo que estamos pidiendo, a veces no sabemos ver que ese alumno lo que necesita es una palabra amable, un pequeño reconocimiento antes de pedirle que corrija algo de lo que no es ni consciente. Es duro ser alumno y enfrentarte día a día al conflicto interior que supone aprender. Hoy tenemos vidas muy complicadas, poco tiempo para practicar, muchos inconvenientes, veo gente que lo está pasando mal y que quizá en este momento no necesitan ese detalle o esa corrección, lo que quieren es moverse, desconectar y disfrutar de “su” forma de hacer aikido, necesitan comprensión y cariño. Es importante que los alumnos puedan sentirse bien, divertirse y disfrutar de la clase al mismo tiempo que les transmitimos un conocimiento que al final, lo que les viene a decir es que tienen que cambiar y abandonar su zona de confort.

Después de los años aún sigo buscando como conseguir ese equilibrio con mis estudiantes. Que reconozca el problema no me da automáticamente la solución, lo que sí tengo claro es que los profesores estamos para enseñar, para acompañar y facilitar los cambios que todo mortal debe hacer si quiere aprender algo.  Tenemos un deber, una responsabilidad y no debemos eludirla por comodidad, temor a perder al alumno o porque se hayan creado vínculos especiales con algunos de ellos durante las cervezas de después de clase o en las barbacoas del fin de semana. Para mi es necesario separar el aspecto personal y afectivo (que existe) del formativo. Fuera de la clase podemos llegar a ser amigos, pero dentro somos profesores y tenemos un trabajo que hacer, eso todo el mundo lo debe tener claro o de lo contrario el ambiente en un grupo se puede llegar a deteriorar rápidamente.

No todo el mundo comparte esta visión, sólo faltaría. En mi caso y para mi realidad cotidiana pienso que a la larga es mejor. Tampoco es lo mismo enseñar en gimnasios comerciales que hacerlo en tu propio dojo. En mi caso particular me veo actuando como un técnico, un profesional de la docencia y no como un tutor o un mentor que sería más bien el enfoque más tradicional.

Se pierden alumnos puntualmente y eso siempre afecta, pero creo que esta clase de alumnos que abandonan a la primera contrariedad, por un malentendido, por una situación puntual en una sola clase, quizá no son alumnos aún, son personas que con todo su derecho, están aún en periodo de prueba. Buscan su camino, su sitio en el grupo y su especialidad. Seguramente estos desencuentros les hacen ver que este grupo, o esta disciplina no son lo que buscan, no son para ellos. También puede ser lo contrario: alumnos que después de años sienten que su ciclo está terminando, que no avanzan, ya ni siquiera disfrutan de la práctica. Para avanzar en un momento de estancamiento lo que suele hacer falta es algún cambio en nuestra rutina, quizá estos alumnos no están en disposición de realizar estos cambios y permanecen en un limbo de indefinición del que no saben como salir. En la vida se sabe que los conflictos ayudan a tomar decisiones. Quizá decisiones que ya estaban tomadas hace tiempo pero necesitaban de un detonante para materializarse.

La confianza que debe tener un alumno hacia su maestro no se puede imponer, es algo que surge si se dan las condiciones y que debe ser alimentado por ambas partes. Dar permiso para que alguien vista el hakama antes de ser shodan es una muestra de confianza: reconoces la que te tiene el alumno y le ofreces la tuya. Si de entrada el alumno no confía en ti o al menos no muestra una predisposición para hacerlo, seguramente te precipitarás al dejarle vestir hakama. Es como esos profesores que regalan grados sin examen y sin que exista un nivel real, pensando que así motivan al alumno y pasado el tiempo preceptivo, ese mismo alumno (que no ha entendido nada) les pide el siguiente grado como si tal cosa porque piensa que es una cuestión de tiempo y no de nivel. Son este tipo de alumnos a los que se les sube el hakama a la cabeza y se extralimitan a la hora de ejercer de sempais, adoptan actitudes condescendientes y están más pendientes de enseñar que de aprender.

Por todo ello mi opinión al respecto del hakama en este momento es que no debemos precipitarnos, prefiero esperar a que el alumno tenga unas bases técnicas y que le vea rodado como uke, suelto, atento, que conozca la etiqueta, tenga buena actitud y sobretodo que haya una mínima sintonía con mi forma de trabajar, ya que no olvidemos que los alumnos con hakama son vistos por los nuevos como un ejemplo en todos los sentidos. Puedes pensar que soy muy exigente pero no es así, no estoy hablando de un nivel excelente de aikido, hablo de hacer un shomen recto sin detenerlo a medio camino, de sostener un arma sin apretar el puño, de desplazarse deslizando el pie en vez de clavar el talón, de seguir razonablemente el movimiento haciendo el papel de uke, lo elemental de la etiqueta y sí, un conocimiento mínimo del repertorio técnico. Más o menos lo que correspondería a un 2º kyu. Habrá alumnos que conectarán antes y les daré permiso aunque no tengan ese grado y otros que no.

Un alumno con hakama debe ser ejemplar, no hace falta que sea virtuoso, pero sí ejemplar. Cuidemos entre todos del ejemplo que damos y de qué mensajes transmitimos a los más jóvenes, porque ellos son el futuro del aikido.

Y para terminar, el caso de esos alumnos formados en otros aikidos que un día aparecen por tu clase para quedarse. Confieso que me ha pasado de todo. He tenido casos, generalmente de extranjeros formados en otros países, que llegan con unas buenas bases y aunque no sigan el mismo estilo soy capaz de reconocer que tienen un buen nivel, así que no me importa que vistan el hakama e incluso les propongo pasar de grado si se da el caso. Otros en cambio llegan por circunstancias normalmente relacionadas con la ubicación y los horarios del gimnasio, y ya desde el primer día veo que no están por la labor de adaptarse. Parece que no les interesa un pimiento ni mi trabajo ni mi escuela de aikido, van a lo suyo y resultan completamente impermeables a cualquier influencia técnica por nuestra parte. Bien, entiendo que todo el mundo merece una oportunidad y que a veces es cuestión de tiempo desbloquear las orejeras y empezar a conectar con un grupo. El tiempo dirá si ese acercamiento se producirá o no. Al final son relaciones humanas y no tanto cuestiones mecánicas. Si sintonizas con la gente todo es más fácil, los hábitos se contagian por pura cuestión de afinidad y de simpatía. A ver si será verdad que el secreto del aikido no se esconde en los santuarios sintoístas sino que permanece discretamente espectante en la barra de un bar.