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Sigo con mi idea de que hace falta explicar mejor lo que hacemos. Cuando digo mejor, me refiero a ser más claros, más concretos, y a divulgar de manera que se nos pueda entender, no sólo entre el público especializado o ya iniciado sino también entre el profano. Cuando tratas de explicarle a un amigo o a un familiar qué es el aikido (porque previamente te preguntan a qué te dedicas), te das cuenta de la imagen que tiene el público en general sobre las artes marciales. En el 99% de los casos resulta casi imposible hacerles entender que en el aikido no hacemos combates, ni competimos, ni luchamos con nadie. ¿Entonces qué hacéis?… preguntan, porque no le encuentran sentido o directamente lo clasifican en el otro extremo, junto al yoga y el tai chi, que por cierto este último es otro de los grandes desconocidos, que practicado seriamente es mucho más que una gimnasia para viejos como piensan la mayoría. Para situarse suelen pedir comparaciones con algo que conocen: ¿es como el judo pero con golpes? ¿es defensa personal? ¿un karate más tranquilo? nada, misión imposible, el aikido es como el aikido, si me apuras es una variación del ju-jutsu tradicional japonés (no confundir con el jiu-jitsu de las federaciones europeas, o con el brasileño, o con el que está empezando a imponerse en los países del Este), juju…qué? ya estamos, ya nos hemos perdido, y de ahí entramos en bucle y volvemos a que si es como un judo con golpes, o un judo más suave, o con palos…

Si disponemos de tiempo y percibo un interés sincero más allá de la pura formalidad, primero trato de explicar que las artes marciales no son actividades dirigidas de consumo rápido con objetivos meramente lúdicos. Son disciplinas especializadas de adiestramiento con objetivos formativos a medio y largo plazo, tanto en el plano físico como en el conductual. En esta clase de disciplinas ya no es suficiente con aprender unas ‘llaves’. Un verdadero arte marcial nos cambiará la forma de andar, de sentarnos, de subir escaleras, de ir por la calle, de ver, nos dará reflejos nuevos, una postura más cuidada, también modificará nuestra conducta, nos hará estar más atentos, ser más cuidadosos, humildes, discretos, receptivos. Por este motivo el aikido no es defensa personal, ni la defensa personal es aikido. Porque una defensa personal debe ir al grano en 2 semanas, no puede depender de que pasemos meses o años cambiando nuestra manera de movernos hasta conseguir algún resultado práctico, no, la defensa personal ha de funcionar ya y para eso como no puede depender de una lógica de movimiento, se centra en respuestas cortas y muy contundentes, en reacciones muy sencillas, utilizar las armas casuales a nuestro alcance, estudiar cómo y dónde golpear por sorpresa para poder huir. Con esas capacidades difícilmente podremos resistir un combate sostenido, mucho menos sin el factor sorpresa, y todavía menos con un experto bien entrenado. Para tener éxito en esas situaciones necesitamos algo más, sea un arte marcial, deporte de combate o sistema moderno de adiestramiento táctico, no importa, lo que sea tendrá que cambiar nuestra forma de movernos y por lo tanto ya trabajará más a medio y largo plazo, es decir, que no será defensa personal aunque nuestros objetivos sigan siendo el poder superar conflictos físicos violentos en situaciones reales.

Típica imagen promocional de “defensa-personal”

Lo mismo sucede en el aikido si entrenamos pensando en competir, o en hacer demostraciones públicas. Esas prioridades nos desvían de lo que es por definición un arte marcial. No digo que no pueda hacerse o que esté en contra de que a mucha gente le atraigan esos objetivos, es más, me parece algo natural. Lo que quiero decir es que no deberían convertirse en el motor principal de nuestra motivación a riesgo de que terminemos desvirtuando nuestra amada disciplina como ha sucedido ya antes con otras parecidas. La razón es que si lo que nos motiva es competir, priorizaremos en nuestro entrenamiento todo aquello que va a mejorar nuestro rendimiento para conseguir ganar y desecharemos el resto, que quedará relegado a practicarlo sólo cuando toque pasar examen de grado. Si nuestra motivación pasa por preparar la demostración pública de final de curso, y nos pasamos 6 meses centrando las clases en eso, no creo que sea una buena forma de trabajar una base técnica. Si se ha de hacer, se hace, tampoco tengo nada en contra de las demostraciones, tan sólo digo que no deberían ser la prioridad en una disciplina de tipo tradicional. Otras disciplinas que fueron tradicionales en su día optaron por ese camino y hoy podemos ver que se han convertido en algo muy distinto, ¿es lo que queremos? bien, entonces ¿por qué no le cambiamos el nombre a la disciplina? así no habrá confusiones. Ya se está pensando en ello y en algunos círculos se está hablando hace tiempo del ‘aikido lúdico’ y del ‘aikido deportivo’.

En la escuela que sigo es obligatorio hacer también el rol de uke durante los exámenes. En muchas escuelas no, en ellas el examen es como una demostración que hacemos al dictado, con un uke que viene con nosotros y con el cual seguramente llevamos meses ensayando nuestro repertorio. En nuestra escuela es importante ver cómo trabaja de uke un candidato a pasar de grado. No sólo para ver cómo cae, es mucho más que eso. Se trata de ver cómo ataca, si sostiene sus agarres o se suelta al primer movimiento, si sigue al tori a base de piernas o sólo doblando la cintura, si ataca en las trayectorias correctas y con continuidad o en cambio, deja los ataques a medias o los lanza abiertos y con la cara por delante. Creo que un uke debe demostrar que practica habitualmente, es decir que tiene un mínimo fondo físico, que entiende el rol de poner el peso en los ataques y de recibir la técnica para protegerse y digo recibir, no escapar, bloquear, tensarse, girarse o todos esos recursos que nos exponen a contras y atemis, pero que inicialmente impiden el normal desarrollo de la técnica solicitada. Ni que decir tiene que el uke no lo elegimos, lo elige el examinador procurando precisamente que no sea un compañero de grupo y lo elige de entre los otros candidatos a pasar de grado, es decir, que también estará siendo evaluado al igual que nosotros.

Disculpadme por esta larga introducción. Centrémonos, estaba tratando de situar al aikido en el grupo de las artes marciales tradicionales cuyo objetivo principal es el formativo. Bien, aprender es cambiar. No somos la misma persona después de pasar un proceso de aprendizaje de unos meses o años. Iniciar un aprendizaje ya en edad adulta (de media, mis actuales estudiantes se han iniciado a los 36 años de edad), comporta una serie de dificultades añadidas. Al tratarse de una disciplina corporal y de movimiento, los primeros pasos comportan reeducar funciones motoras muy básicas, vencer el miedo a caer, asumir molestias físicas, pequeños golpes fortuitos, sobrecargas y demás percances completamente normales en cualquier disciplina física de los que nos recuperamos mucho antes con 20 años que con 40 y no digamos con 60. A nivel emocional, en esos primeros meses se amplifican nuestras emociones porque al sentirnos inseguros, estamos en general más sensibles, más receptivos. Esto es así porque de entrada no controlamos el entorno. La sesión tiene un ritmo y unos protocolos de funcionamiento que se nos escapan aún, lo cual nos hace dudar a la hora de actuar con autonomía y tomar iniciativas. Me refiero a la admiración por la destreza de los expertos, gratitud hacia quienes nos apoyan, esperanza en mejorar, ilusión por descubrir cosas nuevas e interesantes y satisfacción por esos primeros progresos, la primera rodada completa, esa técnica que se nos resistía o por aumentar unos minutos nuestra resistencia a permanecer sentados sobre los talones. También somos sensibles a las emociones negativas como esa vergüenza por no saber hacer algo, sentir que estorbamos o ralentizamos la práctica de nuestra pareja de turno. Envidia si otros principiantes lo hacen mejor y progresan antes que nosotros, o quizá sentimos que se les presta más atención a ellos que a nosotros. Sobretodo frustración cuando nuestro cuerpo no nos obedece. Sabemos lo que queremos hacer, entendemos las correcciones recibidas pero seguimos sin poder hacerlo. O esa frustración cuando estás haciendo bien un movimiento y justo por una vez que no te sale, aparece el profesor y te lo corrige como si lo estuvieras haciendo mal todo el tiempo, sabes que no es así, pero piensas que si lo dices parecerás un alumno poco aplicado tratando de justificarse, eliges callar e inclinarte como dice la etiqueta pero por dentro estás hirviendo (¿cómo lo sé? porque yo también soy estudiante, no lo olvidéis).

El sueño de todo principiante: un cuadro técnico ilustrado

A nuestro cerebro le encantan las listas, los rankings, las clasificaciones: los mejores jugadores de la liga, navegadores web, smartphones, coches, maneras de pasar el fin de semana… Las listas nos simplifican los problemas, nos permiten tomar decisiones rápidas, nos aportan sensación de control. Cuando empezamos a estudiar aikido buscamos esa seguridad en las técnicas. Lo primero que piden la mayoría de nuevos alumnos es un tutorial, una lista de técnicas descritas paso a paso, con dibujos, esquemas, y los nombres traducidos del japonés.

Uno de los primeros inconvenientes al empezar es que en aikido usamos una nomenclatura japonesa, que si bien sirve para hacerlo internacional, supone una complicación inicial para todos los no-japoneses (que somos la mayoría). No entendemos de qué están hablando en clase y mucho menos nos vemos capaces de recordar todos esos nombres para pasar un examen ni siquiera para mantener una conversación sobre aikido, a veces incluso, eso nos detiene a la hora de preguntar algo porque no nos podemos expresar con precisión. Aquello que al principio supone una barrera, descubriremos con el tiempo que justo nos permite comunicarnos rápidamente y definir mejor los problemas. Resulta extraño referirnos a una secuencia de movimientos si cada uno la describimos de una manera y usando nuestras propias palabras, en cambio, si existe un sólo nombre para esa secuencia, todos los practicantes del mundo podemos comunicarnos aún sin hablar el mismo idioma.

La mecánica de la clase parece sencilla; uno ataca y el otro se defiende con una técnica. No parece complicado cuando lo hacen los demás, sin embargo cuando lo intentamos nosotros descubrimos que invariablemente solemos elegir la opción equivocada, el lado incorrecto, avanzamos la pierna contraria y agarramos con la mano que no debemos. Atacar tampoco parece difícil y sin embargo lo es, no encontramos nunca el punto justo entre el agarrotamiento y la flacidez, vamos o demasiado deprisa o demasiado despacio, quedamos o muy lejos o muy cerca, nunca acertamos con nada y para colmo, después de atacar viene lo peor: la caída.

Las caídas son otro capítulo importante. Si no tenemos un poco de suerte al principio y les tomamos miedo, pueden llegar a ser un freno a nuestra progresión. El miedo a caer nos hará retener los ataques, clavar los pies, anticiparnos a la técnica para preparar mejor la caída que ha de venir. Todo eso hace que no podamos estudiar bien el momento justo del desequilibrio, que nos acostumbremos a atacar fuera de distancia y a estar agarrotados.

Conviene prestarles una atención especial porque son el día a día del aikidoka, no obstante, tampoco hay prisa. No nos dejemos impresionar por las exhibiciones que podemos ver en YouTube, esos grandes saltos son del todo innecesarios, son una concesión al espectáculo para impresionar a la gente, no son una prioridad para nosotros.

La manera como afrontamos ese conflicto inicial, suele ser buscar la seguridad en las técnicas, como si éstas fueran el aikido. A los nuevos alumnos les motiva mucho aprender kata (formas), les da la sensación de que ya saben algo si son capaces de repetirlo de forma autónoma. Les permite trabajar a su ritmo (sin depender de nadie) y les ofrece algo que mostrar a un público hipotético. Aprender así tiene sus ventajas, pero también algunos inconvenientes. Fundamentalmente el problema suele ser que una vez el alumno fija unas memorias motrices digamos de movimientos tan básicos como la forma de desplazarse, de levantar los brazos o de agarrar, le va a costar mucho cambiarlas porque pasados los primeros años ya no le va a prestar atención a esos detalles una vez ya tenga un cierto grado, un estatus dentro del grupo y por supuesto el privilegio de vestir el hakama (pantalón tradicional). Su atención irá más bien dirigida a aprender nuevas técnicas, más variaciones, obtener más velocidad, más fluidez, no tanto a revisar sus bases.

Trabajar unas buenas bases es perfectamente compatible con aprender secuencias y técnicas, es más, es necesario hacerlo así o de otro modo las sesiones podrían llegar a ser tan monótonas, que muchos más alumnos abandonarían antes de obtener resultados significativos. Aquí de lo que se trata es de poner el acento en lo que verdaderamente es relevante. Al principio no importa si el compañero cae o no, si el ataque es como en la calle o como hacen en thai boxing, estamos estudiando los fundamentos para que en un futuro sí nos podamos dedicar a las posibles aplicaciones de nuestro aikido. Dicho esto, tampoco debemos caer en el otro extremo y despreciar toda connotación marcial de nuestra práctica, lo que iría contra la esencia misma de la disciplina. Los ejercicios que hacemos en clase tienen una finalidad concreta, tratemos de entenderlos (y si no, preguntar), confiemos en lo que hacemos pues ha servido para que otros antes que nosotros, progresaran y avanzaran hasta lo que son hoy. Tengamos paciencia.

El aikido se aprende por inmersión, es cuestión de conectar con la clase, con el ritmo del grupo, con el movimiento, comprender en definitiva qué es lo que está sucediendo y sobretodo discriminar entre lo esencial y lo accesorio. La excelencia es otra cosa, ya más relacionada con la destreza y sí, por supuesto con la repetición durante años de entrenamiento regular. Conectar nos debería permitir hablar sobre aikido aunque aún no seamos capaces de llevarlo a cabo, tener un criterio para discriminar entre estilos y formas personales, explicarle a un profano en qué consiste sin necesariamente recurrir a los tópicos y explicaciones simbólicas que nada significarán para él. Que los estudiantes fuera de clase hablen entre ellos sobre aikido, intercambien experiencias y conocimientos suele ser un síntoma de implicación y entusiasmo con el trabajo que vamos realizando, si en cambio el aikido está ausente de su tiempo libre, quizá en alguna parte se debería encender una luz de alarma.

Respecto a la memoria, existen trabajos de divulgación científica muy interesantes como el de John Medina en su libro Exprime tus neuronas

donde el autor afirma que el cerebro cuenta con muchos tipos de sistemas para memorizar. De hecho, cada persona dispone de un ‘cableado’ distinto lo que nos convierte a cada uno en alguien único. Como acostumbra a pasar, necesitamos simplificar la cuestión para poderla  manejar, por eso, solemos crear unos patrones genéricos en los que hacemos encajar a cada persona por única y especial que ésta sea. De nuevo volvemos a esa búsqueda del control mediante los hábitos de simplificar, catalogar, elaborar listas, dividir con el fin de comprender.

Podemos distinguir 2 tipos de memoria: de larga y de corta duración.

La memoria de corta duración nos permite recordar dónde hemos aparcado el coche o qué cenamos anoche, mientras que si tratamos de recordar lo que cenamos el segundo jueves del mes de mayo de hace 15 años, es bastante probable que no seamos capaces de hacerlo.

La otra memoria, la de larga duración sí nos permite recordar algo que sucedió hace 15, 20 ó 50 años…, no importa, son impresiones que quedaron grabadas así porque normalmente, van asociadas a una emoción intensa.

Aplicando lo que la ciencia va descubriendo sobre el funcionamiento de la memoria, los docentes deberíamos tener en cuenta estos 4 puntos:

  • El foco de atención del cerebro sólo puede concentrarse en una cosa a la vez.
  • Que somos mejores viendo patrones y extrayendo el sentido de un acontecimiento que registrando detalles.
  • Despertar emociones ayuda a aprender.
  • El alumno desconecta después de 10 minutos en una exposición oral, pero se le puede recuperar contando algo anecdótico o creando sucesos ricos en emoción.

Esto que las neurociencias están demostrando en los últimos años, ya lo sabían nuestros abuelos de forma intuitiva cuando sus maestros les contaban historias para mantener su atención en clase, o que aprendían más con ese maestro al que querían que con el que temían. Así pues, si dedicamos el limitado tiempo de una sesión de aikido a memorizar coreografías con movimientos preestablecidos (kata), por ejemplo con las armas, necesitaremos invertir una considerable cantidad del mismo en repetirlos regularmente o de otro modo los olvidaremos en unos meses. Lo que seguramente no olvidaremos en la vida es cómo se sujeta un sable o cómo se pincha con la lanza.

El kata en sí es un modo de práctica, una forma de aprendizaje motor. Lo que sucede a veces es que nos olvidamos de su cometido y acabamos esclavizados invirtiendo la mayor parte de nuestro tiempo en tratar de no olvidar una secuencia de 30, 40 ó 100 movimientos, sin reparar en que el objetivo último de todo kata es transmitir la forma correcta de ejecutar movimientos simples y no el terminar el kata en sí, no importa lo que haces sino el cómo lo haces. Quizá por esa razón el fundador del aikido no dispuso un método estructurado de técnicas ni de kata, porque pensó que eso desviaría a sus discípulos de lo realmente importante, que probablemente era cambiar sus reflejos naturales (cortar en lugar de agarrar, dirigir en lugar de bloquear, abrir en lugar de girar…).

Pensad que el cuerpo tiende a lo cómodo. Cuando nos duele una pierna, el cuerpo busca el modo de seguir andando sin que nos duela tanto y para eso modifica nuestra forma de andar hasta tal punto, que una vez desaparece la lesión que nos impedía andar con normalidad, nuestro cuerpo olvida cómo lo hacía antes, necesita ser reeducado hasta recuperar la forma correcta. Naturalmente ese proceso no se produce en 2 días, hacen falta meses para que olvidemos cómo se anda, pero se olvida. En este caso hemos sustituido una memoria por otra, en cambio cuando decimos que ir en bici no se olvida nunca seguimos manteniendo la misma memoria que registramos de niños al aprender por primera vez. Al respecto existe un trabajo muy interesante sobre cómo modificando el mecanismo de funcionamiento de una bicicleta, el experimentador fue incapaz de sostenerse en ella durante la marcha ya que debía cambiar por completo su coordinación. A base de práctica y repetición consiguió aprender a ir en la bici modificada después de 8 meses, entonces un día probó a cambiarla por una normal y efectivamente, ya no era capaz de sostenerse en ella, necesitó 20 minutos para que su cerebro volviera a encontrar la ruta neuronal hasta la memoria registrada muchos años antes.

Podéis ver el vídeo del experimento aquí.

Andar en bici no se olvida…¿o sí?

Es parecido a lo que sucede con el aikido. Debemos aprender a caminar al revés de como lo hacemos en la calle, a apoyar el peso en una parte distinta del pie, a sujetar objetos o personas sin agarrarlos como hemos hecho toda la vida, debemos mirar detrás de nuestro adversario en lugar de enfocar la visión central en sus manos o pies. Todo ello son reflejos que, al igual que ir en una bici modificada necesitaremos horas y horas de práctica para fijar en nuestro cerebro. ¿Cuántas horas? eso depende de cada uno y sobretodo de la regularidad, En el vídeo del experimento se ve como el hijo del científico aprende a ir en la bici modificada en 2 semanas, cuando a su padre le costó 8 meses. Es normal, todos sabemos que los niños de 4 años aprenden nuevos idiomas con facilidad, en cambio ¿cuántos adultos de 40 años pueden aprender a hablar fluidamente en alemán, inglés o japonés teniendo ellos tan sólo una lengua materna? Cuando vi el vídeo de la bici por primera vez me llamó la atención que el protagonista mencionara que el cerebro conecta con el circuito neuronal en un momento concreto. Es como un click: lo intento y no me sale y en el siguiente intento sí, es como una mini-iluminación mística. Puedo decir por mi experiencia que en el aikido sucede igual, cuando hacemos ese click, es en un instante mágico, es muy especial. El reto es retener ese momento y poder garantizar el éxito en las siguientes repeticiones, lo digo porque en el vídeo se dice que cualquier pequeño fallo de concentración, cualquier distracción y la conexión se rompe, ¿será por eso que en las sesiones de aikido preferimos practicar en silencio, concentrados y razonablemente aislados del ruidoso entorno de los gimnasios comerciales? Será.

Es una cuestión de plasticidad neuronal. Aunque los adultos somos más rígidos mentalmente no significa que debamos resignarnos a no poder aprender más. Al contrario, aprender cosas es ejercitar el cerebro y como sucede con los músculos, el ejercicio mejora su rendimiento siempre que sea asequible. No podemos pasar de no correr nada a correr maratones en 1 mes, es un proceso que lleva tiempo y esfuerzo, igual que aprender un nuevo idioma o aprender aikido. No existe un tiempo fijo porque depende de nuestro punto de partida, por eso los programas temporizados de grados en aikido son sólo una referencia orientativa, nunca deberían ser tomados como una regla fija.

Esta plasticidad cerebral y de nuestras funciones motoras es igualmente responsable de que cada estudiante acabe adaptando el movimiento del aikido a sus características particulares. El método tradicional japonés para al aprendizaje de sus artes ancestrales (y no necesariamente sólo las marciales), denominado shu, ha, ri, ya contempla este fenómeno y lo codifica de la siguiente manera:

  • Shu: imitación. No se cuestiona, se repite tratando de acercarse lo más posible al modelo mostrado por el maestro.
  • Ha: experimentación. Se cuestiona todo, se aceptan influencias, se revisa todo lo aprendido desde el principio, se vuelve a empezar.
  • Ri: maestría. Se han resuelto las contradicciones. Se domina la técnica porque se comprenden las bases que la sustentan, se está listo para enseñar y, en consecuencia, para enriquecer el arte aportando una visión personal.

Es conveniente que los estudiantes sepan en cual de los 3 niveles están. De hecho, en las escuelas antiguas se utilizaba un sistema de titulación simplificado que más o menos venía a ser el utilizado en Europa por los oficios medievales: aprendiz, oficial y maestro. A menudo los problemas vienen cuando un estudiante cree que ya está en el nivel para cuestionar y experimentar, cuando en realidad no tiene las bases ni las formas necesarias para ello. Esta tendencia a adaptar no es nada malo, al contrario, no puede ser de otra manera ya que, como decíamos antes, no hay 2 cerebros iguales y por lo tanto es natural que cada persona vaya buscando su sitio y su manera de hacer las cosas, eso sí, siempre dentro de unos principios generales y respetando unas bases técnicas, que en definitiva es lo que le da identidad al estilo o escuela en cuestión, por eso si hacemos karate nos moveremos como karatekas y si hacemos aikido lo haremos como aikidokas y no al revés.

Las personas buscamos sentirnos cómodas con lo que hacemos y a veces, resulta que nos estamos obsesionando en hacer algo que no es para nosotros, lo cual nos causa grandes sufrimientos. Reflexionemos, el aikido no es para todo el mundo, ni siquiera hay un sólo aikido, quizá estamos insistiendo en una escuela que no encaja para nada en nuestra morfología, ni en nuestro carácter, ni se ajusta a nuestros objetivos. Aunque cualquier aprendizaje implica un conflicto, eso no significa que debamos pasar las clases sufriendo, al contrario, el proceso debería ser amable, alegre y estimulante, si no es así es que algo no va bien. El conflicto que nos supone el aprendizaje es un conflicto interior, porque aprender implica cambiar y eso provoca algunas resistencias que debemos superar. Deberíamos sentirnos acompañados y apoyados en todo el proceso. Es normal desarrollar empatía y compañerismo cuando un grupo de personas pasamos por unas dificultades similares, por eso el ambiente en clase es fundamental para lubricar el proceso de re-aprendizaje de algo tan primario como andar o caer.

El principiante debe tener en cuenta que es poco probable que se pueda acelerar el proceso. Es cierto que si practica regularmente obtendrá mejores resultados que si lo hace sólo ocasionalmente, pero en cualquier caso, necesitamos tiempo para fijar lo aprendido y paciencia para seguir haciendo lo que nos toca hacer. Decíamos que las personas buscamos hacer cosas que encajen con nosotros. No hay un tiempo establecido, pero seguramente en unos meses de práctica regular iremos viendo si el aikido concreto que hacen en nuestro grupo es lo que queremos hacer, si mirando al profesor o a los alumnos avanzados, vemos lo que nos gustaría hacer en el futuro o si por el contrario eso no tiene nada que ver con nosotros. Puede que suceda el primer día de clase, puede que tarde 3 meses, 6 ó 1 año, pero llegará un momento en que conectaremos con el aikido y seguramente entenderemos que si queremos algo de él, debemos entregar parte de nuestra vida a cambio, de nuestra atención, tiempo, inversión económica, ilusión, pasión.

Si nos apasionamos con el aikido, no nos costará esfuerzo levantarnos del sofá para ir a clase, pensar en algo que hicimos en clase mientras esperamos el autobús, buscar información, ver vídeos, dedicar algún fin de semana para asistir a un seminario (sí, aunque seamos principiantes podemos asistir, ¿nos interesa el aikido, o no?), vivir la dinámica del grupo, participar, ayudar, ofrecer lo mejor de nosotros a los demás como ellos lo están haciendo con nosotros ahora que somos nuevos.

Sin conflicto no hay aprendizaje, no uno que pueda permanecer en el tiempo. Creo que por eso podemos observar cantidad de personas en el mundo que hacen aikido, que pueden memorizar técnicas suficientes para ir pasando exámenes, que seguramente después de años de práctica ya son importantes en su entorno, tienen grados y experiencia, sin embargo siguen moviéndose igual, forzando las situaciones, rígidos, con toda la fuerza en los hombros, ocupando espacio excesivo en la sala molestando a los compañeros sin ni ser conscientes de ello, dejando sus objetos personales en cualquier sitio de forma descuidada, con la ropa desaseada de una talla demasiado grande o demasiado pequeña. En definitiva sin haber cambiado en nada de lo esencial aún después de años de práctica.

Es para reflexionar. En mi opinión se trata de personas que nunca aceptaron el conflicto que supone aprender de verdad, así que se limitaron a memorizar secuencias técnicas, que suelen pasar el tiempo corrigiendo y enseñando a todos porque ya no piensan en aprender sino en enseñar. No se dieron cuenta y les pasaron los mejores años, no pueden volver atrás sin antes reconocer que no saben, no sin antes aceptar el conflicto interior necesario para cambiar con una cierta profundidad, algo que permanezca, que merezca la pena y el esfuerzo.

Es una verdadera lástima, quizá después de todo el aikido no era para ellos, no es para todo el mundo aunque todo el mundo lo puede hacer, si quiere.